La Geografía Histórica en el análisis del deporte en la vida cotidiana de los sistemas socioeconómicos. - Volumen 13 Número 1 - Página —-


REVISTA INCLUSIONES – REVISTA DE HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES

ISSN 0719-4706
Volumen 13 Número 1
Enero - Marzo 2026
Páginas 147-174
https://doi.org/10.58210/ri3711

La Geografía Histórica en el análisis del deporte en la vida cotidiana de los sistemas socioeconómicos.
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Historical Geography in the Analysis of Sport in the Everyday Life of Socioeconomic Systems.

Dr. Dante Guillermo Celis Galindo
Universidad Nacional Autónoma de México, México
dantecelis@filos.unam.mx
https://orcid.org/0000-0002-8015-7918

Fecha de Recepción: 6 de diciembre de 2025
Fecha de Aceptación: 8 de enero de 2025
Fecha de Publicación: 30 de enero de 2026

Financiamiento:

Sin financiamiento adicional. Solo con la colaboración del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.

Conflictos de interés:

El autor declara no presentar conflicto de interés.

Correspondencia:

Nombres y Apellidos: Dr. Dante Guillermo Celis Galindo
Correo electrónico: dantecelis@filos.unam.mx

Dirección postal: Av. Universidad 3004, Copilco Universidad, Coyoacán, 04510 Ciudad de México, CDMX, México


Los autores retienen los derechos de autor de este artículo. Revista Inclusiones publica esta obra bajo una licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0), que permite su uso, distribución y reproducción en cualquier medio, siempre que se cite apropiadamente a los autores originales.

https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Resumen: Los deportes son actividades que se presentan como una de las formas de entretenimiento casi universal; forman parte de la cotidianidad de las personas, ya sea en su vertiente profesional o amateur. Actualmente existen diferentes maneras de analizarlos y comprenderlos. Sin embargo, el deporte también puede funcionar como una vía para examinar el entorno político, económico y cultural. Los diversos sistemas socioeconómicos, capitalismo, comunismo y fascismo, han considerado al deporte elemento sustancial de sus prácticas, de modo que es posible identificar los principales rasgos y objetivos que cada sistema tuvo o mantiene. La metodología de la geografía histórica permite realizar análisis basados en la apertura a diferentes fuentes o en su reinterpretación, además de introducir una mirada espacial al proceso histórico. El presente trabajo tiene como objetivo analizar la cotidianidad y las características de sistemas socioeconómicos a partir del deporte; asimismo, interpretar estos procesos mediante una nueva perspectiva.

Palabras clave: Deportes; Espacio; Geografía histórica; Sistemas económicos.

Abstract: Sports are activities that present themselves as one of almost universal forms of entertainment; they are part of people's daily lives, whether in their professional or amateur dimensions. Currently, there are different ways to analyze and understand them. However, sport can also function as a means to examine the political, economic, and cultural environment. Various socioeconomic systems—capitalism, communism, and fascism—have regarded sport as a substantive element of their practices, making it possible to identify the principal characteristics and objectives that each system had or maintains. The methodology of historical geography allows for analyses based on openness to different sources or their reinterpretation, while also introducing a spatial perspective to the historical process. The present work aims to analyze the everyday life and characteristics of socioeconomic systems through sport; likewise, to interpret these processes through a new perspective.

Keywords: Sports; Space; Historical Geography; Economic Systems.

Introducción
Durante mucho tiempo, los deportes han sido tratados como temas secundarios, sin importancia o únicamente desde una perspectiva de entretenimiento dentro de las ciencias sociales. Sin embargo, el deporte resulta fundamental para comprender la realidad cambiante de la sociedad, ya que, a partir del papel que estas actividades desempeñan en un Estado en particular, es posible analizar diversos aspectos económicos, políticos y sociales.

La actividad deportiva está inserta en la sociedad, forma parte de su cotidianidad y constituye un elemento de relevancia para una gran parte de la población. A pesar de ello, es común que se le perciba únicamente como entretenimiento o como parte del desarrollo físico de las personas. Sin embargo, el deporte se ha transformado y ha asumido diferentes objetivos según el lugar y la época histórica, pasando de ser una forma de ocupar el tiempo de ocio a convertirse en una de las actividades más lucrativas del planeta. Adentrarse en distintos aspectos deportivos permiten comprender cómo se ejercían prácticas de poder, la manera en que se lograba una imposición identitaria o ideológica, la influencia sobre determinados comportamientos y, en última instancia, los objetivos básicos del sistema económico en cuestión.

Los deportes han funcionado como una forma de demostrar, generar o revocar el poder en sus distintas manifestaciones, desde las más visibles hasta las cotidianas. El deporte ha sido utilizado por diversos sectores sociales para construir identidad, expresar resistencia, mostrar unidad en núcleos obreros y generar ganancias o beneficios para empresarios y gobiernos. Los sistemas socioeconómicos, en especial el capitalismo, el comunismo y el fascismo, desde el siglo XIX, han recurrido al deporte de maneras diversas y con objetivos específicos según la época histórica. No obstante, durante el siglo XX la confrontación entre estos sistemas conllevó una transformación profunda de las actividades deportivas.

La geografía es una de las ciencias más estereotipadas del planeta, pero también una de las que más ha transformado y redefinido su objeto de estudio y su metodología, con el fin de ampliar su campo de investigación y comprender de mejor manera a la sociedad cambiante. La nueva geografía histórica, con una apertura temática y metodológica, permite adentrarse en el análisis del deporte desde una perspectiva espacial. Para ello resulta necesario identificar actores y elementos económicos y políticos, con el propósito de reconstruir y examinar el proceso histórico que ha acompañado al deporte.

Al considerar lo anterior, el objetivo fundamental de este trabajo es analizar cómo la geografía histórica puede aplicarse al estudio de los sistemas económicos y cómo estos se implantan en la vida cotidiana. Para responder a ello, se parte de la hipótesis de que la vida cotidiana es transformada por elementos que, a simple vista, parecen carecer de importancia, pero que en realidad poseen un papel fundamental en el funcionamiento de los sistemas. De este modo, dichos elementos contribuyen a la producción de espacios cuya configuración la geografía histórica permite apreciar, identificando los factores de transformación y los objetivos que llevan a los sistemas a modificar la vida social.

1. LA NUEVA GEOGRAFÍA HISTÓRICA COMO PARTE DEL ESTUDIO DE LOS DEPORTES

La geografía histórica es una de las ramas de la geografía que más se ha desarrollado en las últimas décadas. Su potencial de análisis temático es sumamente amplio, razón por la cual se afirma que la “geografía histórica [sirve] para entender el pasado, organizar el presente y construir el futuro”[1]. Georgina Calderón[2], siguiendo a Sauer, señala que esta disciplina puede entenderse como una ciencia en la que lo esencial son los procesos; es decir, no solo analiza un suceso, sino también aquello que lo provocó y las consecuencias que generó. Se trata, prácticamente, de una disciplina sin limitaciones temáticas ni, mucho menos, temporales.

La geografía histórica es una de las ramas que más se ha transformado para dar lugar a nuevas metodologías que le permitan explorar, interpretar y abordar una mayor diversidad de temas. En este sentido, también se han incorporado nuevas fuentes: a los paisajes, libros, mapas y relatos se suman cuentos, historias, películas, novelas, entre otros. Se trata, además, de una vertiente que en ocasiones ha sido menospreciada; sin embargo, los estudios se han refundado y enriquecido, pues a partir de la década de 1980 surgieron trabajos que relacionan procesos sociales vinculando espacio y tiempo. Esto ha generado un acercamiento más estrecho con otras ciencias sociales y, en consecuencia, una apertura metodológica y temática[3].

Las ciencias tienden a ofrecer interpretaciones, análisis y respuestas a diversas problemáticas, sucesos o fenómenos que ocurren en el mundo e incluso fuera de él. Dentro de las ciencias sociales, el objetivo principal es explicar y, en la medida de lo posible, aportar soluciones a las problemáticas cotidianas de la humanidad. La sociedad avanza, modifica su organización, su pensamiento, su estructura y sus características más básicas. Por eso, los estudios también deben transformarse para poder cumplir con sus objetivos fundamentales.

Es por lo que el surgimiento de la geografía histórica resulta relevante. Esta disciplina aparece a inicios del siglo XX bajo la influencia de Carl Sauer, quien buscaba otorgar una interpretación geográfica a los estudios del pasado. Calderón[4] menciona que, para Sauer, los estudios físicos eran fundamentales en la geografía histórica, pues permitían visibilizar una transformación social; sin embargo, eran las personas quienes actuaban como agentes de cambio de los elementos físicos. El enfoque propuesto por Sauer[5] ponía énfasis precisamente en comprender a esos agentes de cambio, que en aquel momento incluían, además de la sociedad, al clima y a la morfología.

La geografía histórica permite analizar los eventos desde una perspectiva espacial y no lineal, ya que los sucesos nunca ocurren únicamente de manera consecutiva. Para comprenderlos, es necesario un constante ir y venir, además de realizar el análisis no desde la visión actual, sino desde lo que ocurría o existía en el momento en que el evento tuvo lugar. Si bien esta característica no es exclusiva de la geografía histórica, dicha disciplina contribuye de manera significativa a consolidar esa perspectiva, al tiempo que incorpora análisis espaciales.

Los análisis espaciales también se han transformado con el paso de los años. En un inicio, el espacio era concebido como un simple contenedor donde ocurrían los eventos, es decir, como un elemento inerte frente a lo que sucedía. Posteriormente, se lo entendió como un componente físico capaz de contribuir a la generación de una realidad. Sin embargo, al adoptar la perspectiva de Lefebvre[6], el espacio se concibe como un producto social, generado por las relaciones que lo configuran. De este modo, el contexto político, económico, social e incluso físico interactúan de manera constante para dar forma a una realidad. El contexto resulta fundamental, pues permite identificar a los diferentes actores y sus entornos, los cuales forman parte de una perspectiva integral que facilita la comprensión de los sucesos. En sus inicios, la geografía histórica consideraba el espacio como “el reflejo del orden y cambio social, que está presente en los procesos sociales”[7]; aunque en la actualidad también se reconoce que los procesos sociales son los que producen espacios.

Espacializar el pasado permite precisamente eso: analizar un evento desde múltiples aristas, considerando las relaciones que posibilitaron su ocurrencia o que lo provocaron, así como sus consecuencias. Además, permite traer al presente las repercusiones de dicho suceso. Con ello, la gama de posibilidades de análisis se amplía considerablemente. Incluso un evento que ya ha sido estudiado exhaustivamente desde diversas perspectivas puede reinterpretarse para ofrecer una visión o explicación distinta. Por esta razón, una parte fundamental de estos análisis es la reinterpretación de las fuentes o la apertura hacia nuevas.

En un inicio, a la geografía histórica se le asignaba la interpretación de fuentes como mapas antiguos, diarios de navegación, memorias de viajeros y datos estadísticos específicos, entre otros, los cuales siguen siendo, sin duda, fundamentales para el estudio. Hacia la segunda mitad del siglo XX y, en especial, durante las primeras décadas del XXI, se ha evidenciado que el avance social es mucho más acelerado que antes, que las características económicas del mundo contribuyen a los distintos cambios y que, al modificarse dichas características, también se transforman las cotidianidades sociales.

La geografía histórica ha seguido avanzando en su desarrollo metodológico y teórico. Esto ha permitido ampliar los temas de análisis, que ya no se limitan únicamente a lo ocurrido hace cientos de años, sino que también abarcan acontecimientos recientes. Asimismo, aquellos eventos que se originaron en el pasado, pero que han continuado transformándose junto con la sociedad, requieren un análisis desde otra perspectiva, en este caso mucho más cultural o, al menos, otorgando mayor peso a este elemento. Lo que en sus inicios se consideraba un agente de cambio se ha convertido ahora en un componente central sobre el cual recae el estudio. A esta transformación se le ha denominado la nueva geografía histórica.

En el último siglo, la geografía ha experimentado cambios severos y profundos. Uno de ellos fue la consolidación de la geografía humana, de la cual surge la geografía histórica, junto con la aparición de los análisis culturales. Estos últimos representaron un cambio radical respecto de lo que el estudio geográfico había realizado a lo largo de prácticamente toda su historia. En parte por ello, los estudios de la cultura tuvieron un gran impacto en la investigación geográfica. Además, los estudios culturales se han transformado de manera significativa en los últimos cincuenta años.

La geografía histórica proponía, según Sauer[8], la búsqueda del diálogo con el pasado, en especial a través de sus fuentes. Sin embargo, con las características sociales actuales, el presente se acelera y se vuelve efímero. Por lo tanto, este constituye uno de los cambios de mayor trascendencia: ya no solo se analizan eventos ocurridos décadas o siglos atrás, sino que, al comprender la rapidez con la que se transforma la realidad, el evento actual o en formación también pasa a ser objeto de estudio de esta ciencia. No obstante, es necesario seguir considerando la relación entre los acontecimientos antiguos y los contemporáneos, pues esa es una característica identitaria de la metodología de la geografía histórica. La reinterpretación y la interacción entre lo antiguo, el pasado reciente y la actualidad permiten explicar la realidad en que se vive y las razones por las que la vida cotidiana existe de una u otra manera.

El surgimiento de los estudios culturales sitúa al ser humano no solo como agente de cambio, sino también como resultado de la construcción de ideologías, pensamientos, estructuras y relaciones de poder que se consolidaron y transformaron con el paso del tiempo. En consecuencia, la cultura se modifica y la vida cotidiana se ve completamente transformada según los cambios políticos o económicos, lo que implica el análisis de nuevas realidades o del surgimiento de estas. Estas perspectivas culturalistas han llevado, además, a cuestionar elementos clásicos o tradicionales de la ciencia, como ciertos lineamientos generales. De ahí que la geografía histórica que emerge desde lo cultural represente una renovación metodológica y temática dentro de la disciplina.

La geografía cultural constituye una influencia importante en los estudios históricos, pues de ella se retoman metodologías y elementos que permiten analizar acontecimientos pasados. La geografía histórica ofrece, por ejemplo, estudios diversos como el de Perla Zusman[9] quien examina los imaginarios, su origen y su impacto desde la perspectiva de esta disciplina. Este trabajo es una de las mejores ejemplificaciones ya que, como la propia autora señala, la imaginación y los imaginarios han formado parte del objeto de estudio de la ciencia geográfica desde hace varios quinquenios. No obstante, Zusman les otorga una reinterpretación desde otra perspectiva, aun cuando las fuentes permanecen sin modificaciones.

En la nueva geografía histórica, las fuentes adquieren mayor relevancia, pues ya no se limitan únicamente a lo mencionado párrafos atrás, sino que pueden ser prácticamente cualquier elemento que explique o describa una situación: un tipo de música, una canción, un cuento, una actividad cotidiana, entre otros. Esto hace imperativo volver a revisar las mismas fuentes que han servido para explicar un suceso, no solo con el fin de cuestionarlas sino también para reinterpretarlas y espacializar tanto el acontecimiento como la propia fuente. Asimismo, en este tipo de estudio la teoría resulta esencial, ya que nombra, describe y explica la realidad como “un factor inevitable de todos los tipos de investigación materialista histórico-geográfica”[10]. Por ello, en el presente texto se aborda la geografía histórica, la espacialización y la vida cotidiana como conceptos fundamentales para comprender los procesos que se analizan.

La vida cotidiana es también un elemento fundamental de análisis desde cualquier perspectiva, pues en ella se reflejan las relaciones existentes, los objetivos de los poderes económicos y políticos, así como los contrapoderes y las formas de organización de las sociedades que han sido dominadas de alguna manera. La vida cotidiana resulta esencial para comprender el pensamiento de la población y los cambios estructurales que se imponen desde distintos escenarios.

La vida cotidiana genera espacios en diferentes escalas, desde los más locales, como los corporales, hasta los planetarios o globales. Es necesario identificar dónde se describen y explican esos espacios; en otras palabras, resulta fundamental encontrar fuentes que den cuenta de la vida cotidiana. Revisar las fuentes que reflejan la vida cotidiana es esencial para llevar a cabo una investigación histórico-geográfica. Como se mencionó anteriormente, la sociedad se transforma con gran rapidez, y ello se refleja en la cotidianidad de las personas: en su trabajo, en el hogar, en sus trayectos, en la educación y en las formas de entretenimiento. El espacio, por lo tanto, está estrechamente vinculado con la producción de las relaciones sociales y con todas las actividades que estas generan[11].

Durante mucho tiempo, las actividades deportivas fueron menospreciadas en el ámbito académica al considerarse que su análisis carecía de sentido e importancia, pues se las veía únicamente como entretenimiento o pasatiempo que inducía a las masas a comportarse de una manera específica, alejándose así de los objetivos científicos. Sin embargo, fue precisamente esa condición de aparente irrelevancia lo que convirtió a las prácticas atléticas en un factor crucial para el desarrollo de la humanidad: al pasar inadvertidas y no recibir atención analítica, se consolidaron como espacios de gran influencia social. Ante ello, el deporte se transformó en un objetivo esencial de dominio para quienes ostentaban el poder, mientras que para la sociedad representó una vía de construcción de comunidad, identidad e, incluso, resistencia.

Es precisamente en ese punto donde la nueva geografía histórica contribuye a la generación de nuevos conocimientos: a partir de la reinterpretación de los mismos sucesos, del análisis de fuentes actuales y antiguas, así como de la espacialización de los acontecimientos, es posible identificar los objetivos fundamentales que las relaciones de poder han atribuido a las actividades deportivas y cómo estas han sido asumidas por las sociedades. Al tratarse de elementos comunes, los deportes trascienden y se reflejan en la vida cotidiana. Por ello, se analizan las prácticas deportivas en el marco de los sistemas socioeconómicos más trascendentales del siglo XX, como el capitalismo, el comunismo y el fascismo. El deporte sirvió entonces para evidenciar el pensamiento dominante en cada uno de ellos, la forma de conducta que se buscaba conformar, la imagen que se pretendía proyectar hacia el exterior y la posibilidad de mostrar superioridad frente a los otros sistemas.

El deporte profesional contribuye a la formación de imaginarios colectivos en los aficionados, los cuales durante mucho tiempo pasaron inadvertidos. Zusman[12] explora por qué los imaginarios pueden ser objeto de estudio de la geografía y señala que, desde tiempos antiguos, el ser humano ha estado en contacto con su imaginación para otorgar sentido a lo desconocido y, además, para generar apego mediante historias o leyendas que logran que las personas se sientan atraídas o identificadas, tanto con elementos físicos como con elementos sociales.

Durante un largo periodo, los deportes fueron en gran medida despreciados por la academia. Según Domingo Rodríguez[13], estas actividades eran consideradas vulgares, con escasa repercusión económica, y se valoraban únicamente como una forma de generar placer. Esto provocó que se realizaran generalizaciones sobre el tema y que su análisis se redujera a lo anecdótico o testimonial. Dentro de los lineamientos de la geografía histórica, las anécdotas también pueden ser consideradas como fuentes; sin embargo, deben analizarse desde el origen del discurso y el contexto que lo rodea, es decir, si se trata de anécdotas impuestas o repetidas con el fin de ocultar otros procesos.

En este texto se señala que el deporte funciona como un generador de imaginarios. En primer lugar, se construye la imagen de que quien logra ascender al profesionalismo obtendrá grandes salarios y reconocimiento social, mientras que la afición consigue sentirse parte de un colectivo representado por un conjunto deportivo que alcanza el éxito no solo para sí mismo, sino para toda la comunidad. De este modo, lo simbólico se manifiesta en el espacio, se materializa y se concreta en la vida cotidiana. Para los sistemas económicos, el deporte cumple precisamente esa función: generar imaginarios colectivos que permiten obtener diversos beneficios. Se busca, por distintos medios, que dichos imaginarios se materialicen o que permanezcan de manera constante en la colectividad.

2. EL DEPORTE EN EL CAPITALISMO Y LA VIDA COTIDIANA

¿El deporte es un producto del capitalismo? La pregunta podría parecer de fácil respuesta si se considera que las actividades deportivas existen desde hace miles de años, mucho antes de la aparición del capitalismo. Sin embargo, si se atiende únicamente a la acepción actual del deporte, la respuesta ya no resulta tan sencilla, pues se entiende como actividad deportiva aquella que se practica bajo normas o reglamentos impuesto por ciertas élites que determinan lo permitido y lo prohibido, además de que su objetivo fundamental es competir y ganar. El capitalismo se basa, en parte, en la competencia, razón por la cual el deporte ha funcionado como un medio eficaz para implantar un tipo de pensamiento acorde con dichos lineamientos.

El objetivo del deporte también ha cambiado conforme se transforman los sistemas económicos y las características sociales. Si bien la idea primaria sigue siendo ganar, en la actualidad lo que se busca primordialmente es la generación de ganancias económicas y, además, evidenciar la relación entre el desarrollo económico de ciertas naciones o grupos y la organización de eventos deportivos[14]. Esto otorga visibilidad a dichas naciones y crea un entorno favorable para las inversiones, lo que a su vez fomenta una jerarquización de ciudades. Este proceso ha sido un rasgo característico del capitalismo a lo largo de su historia, en el cual el deporte se ha convertido en un elemento sustancial.

Si se analizan las fuentes que datan el origen del deporte, casi siempre se observa un sistema jerárquico en el que la actividad deportiva servía para entretener a ciertos sectores de la sociedad, en especial a las clases medias y altas, mientras que los sectores bajos eran quienes arriesgaban la vida en actividades de lucha o boxeo. Además, muchas prácticas que hoy consideramos atléticas surgieron originalmente en el contexto de las guerras y de las disputas territoriales, para después trasladarse al ámbito recreativo, de ocio o de competición.

El deporte se conforma como tal en el momento en que se imponen reglas y normas acordes con los lineamientos de Occidente o de las clases altas. Posteriormente surgen los jueces, quienes representan, en esencia, a los mismos sectores. Como lo señala Álvaro Rodríguez[15], el deporte se convirtió en un disciplinador social, una forma de resolver conflictos sin arriesgar la vida de manera inmediata, sino a través de la práctica deportiva. Además, reflejaba la división de clases sociales, de género y de nivel socioeconómico, pues existían actividades atléticas destinadas a las clases bajas, como el boxeo, y otras reservadas para las clases altas, como la esgrima o el tenis.

Elias y Dunning[16] van más allá al señalar que el deporte constituye una forma de civilización con parámetros occidentales, pues, entre otras cosas, normaliza el control de la violencia y la manera de competir, en especial desde la visión inglesa sobre el territorio. Esto se debe a que muchos de los deportes actuales son esencialmente territoriales: lo que se busca es “invadir” o controlar el territorio del adversario, mancillarlo o dañarlo de alguna forma. Este aspecto también involucra la corporalidad del otro, ya que en los deportes físicos el objetivo solía ser causar el mayor daño posible. Además, existen prácticas que hoy se consideran deportes y que en su origen fueron actividades bélicas, como ciertas artes marciales. Analizar este fenómeno desde una perspectiva histórico-geográfica permite adentrarse en el origen, los objetivos y los momentos de transformación de dichas actividades, y, en consecuencia, espacializar el deporte en su relación con el sistema económico capitalista.

Los deportes siempre han tenido relevancia en cualquier sistema económico, pero es quizá desde el siglo XIX cuando adquieren una significación mucho mayor, la cual se intensifica con el paso de los años. En la actualidad, constituyen “un auténtico símbolo de carácter universal y resulta ciertamente muy difícil señalar algún ámbito de la vida cotidiana… en la sociedad contemporánea”[17]. Las actividades deportivas, por tanto, son reflejo de la sociedad, pero también de las relaciones de poder, las cuales, a su vez, modifican o generan diversas formas de cotidianidad.

El capitalismo usurpa espacios y actividades para moldearlos a su forma y semejanza, reproduciendo las conductas que le resultan beneficiosas para mantener el control. En este sistema, las prácticas se adaptan a las características sociales de cada momento con el fin de obtener ventajas. Por ejemplo, la bicicleta, que ya en el siglo XIX era un medio de transporte necesario y popular, pasó a convertirse en una actividad lúdica y, posteriormente, en un deporte de gran relevancia. Del mismo modo, el atletismo engloba actividades que ciertos grupos sociales utilizaban para su subsistencia y que, con el tiempo, se transformaron en prácticas deportivas.

El capitalismo, en su funcionamiento, provoca que no existan espacios fuera del sistema. El tiempo libre es uno de los aspectos que el capitalismo se ha apropiado para cumplir con sus objetivos, aunque también existe el debate de si este no es, en realidad, otro invento del propio sistema. Lo que comúnmente se denomina tiempo libre corresponde a los momentos en que una persona no destina a trabajar para generar capital. Ese tiempo resultaba parcialmente inútil bajo los estándares capitalistas, por lo que se conformaron diversas actividades destinadas a que las personas produjeran capital incluso en esos momentos. Es aquí donde las actividades de entretenimiento asumen un rol fundamental dentro del sistema.

Las actividades de entretenimiento en el tiempo libre se han convertido en un “premio” para las personas después de cumplir con sus “obligaciones” laborales. Elias y Dunning[18], junto con Graciela Uribe[19], analizan el proceso del tiempo libre en el capitalismo y señalan que las actividades realizadas fuera del trabajo son cada vez más relevantes tanto para los individuos como para el sistema. Las actividades de espectáculo han ganado terreno y hoy existe una competencia por captar la atención de las personas; en ese contexto se insertan las prácticas deportivas. En cierto momento, la conformación de atletas fue importante para el sistema, y el hecho de que los ciudadanos realizaran alguna actividad resultaba esencial, ya que se establecía un espacio cotidiano siempre dentro de límites definidos.

Desde finales del siglo XIX, los deportes ya formaban parte de la oferta de consumo para la población, aunque estaban completamente segmentados por sectores sociales. A lo largo del siglo XX esta situación cambió y logró captar a un público cada vez más amplio; sin embargo, fue en la última parte de ese siglo cuando se consolidó principalmente como un fenómeno de consumo. El deporte está presente en la vida cotidiana y en el imaginario colectivo, ocupando gran parte del tiempo libre. Por ello, cada vez existen más torneos, ligas e incluso nuevas disciplinas deportivas que buscan satisfacer todos los gustos.

El deporte ha cambiado en consonancia con las modificaciones y etapas que ha atravesado el capitalismo. Con el aumento de popularidad de las actividades recreativas y lúdicas desde el siglo XIX, el deporte comenzó a convertirse en una actividad comercializable. Ya no se trataba únicamente de dilucidar diferencias, sino también de generar entretenimiento para ciertos grupos sociales. Posteriormente, el entretenimiento se masificó y se diversificó hacia públicos más amplios. Los deportes de contacto dejaron de ser exclusivos para el disfrute de los burgueses y pasaron a formar parte de la diversión de todos los sectores sociales. Además, en este punto, los atletas empezaron a convertirse en modelos a seguir.

En especial durante el siglo XX, con el aumento paulatino en el consumo de las actividades recreativas, los deportes comenzaron a posicionarse como uno de los principales elementos de atracción para la población. Aunque en un inicio se practicaban por cuestiones de identidad, de confrontación con el adversario o por disputas regionales, poco a poco estas actividades fueron monetizadas, popularizadas y finalmente profesionalizadas. En México, por ejemplo, a partir de la década de 1940 todas las ligas de futbol y beisbol se profesionalizaron; el boxeo ya era un deporte de importancia nacional y la lucha libre (que, si bien se considera un deporte-espectáculo, en sus orígenes fue vista como una actividad lúdica basada en la explotación física) adquirió gran relevancia. Esto provocó la construcción progresiva de recintos destinados a las actividades deportivas, cada vez con mayores aforos: la Arena Coliseo dio paso a la Arena México; el estadio Asturias fue sucedido por el estadio de la Ciudad de los Deportes, el Olímpico Universitario y el Estadio Azteca; mientras que una cancha local se transformó en el Parque Delta, todos ellos en el entonces Distrito Federal.

Hoy en día, el deporte es una de las actividades más lucrativas que existen, generando miles de millones de dólares anuales. Los megaeventos deportivos (como los Juegos Olímpicos, los mundiales de futbol, las series mundiales de beisbol, las carreras de Fórmula Uno, los torneos Grand Slam de tenis y el Super Bowl de futbol americano) se cuentan entre los espectáculos más seguidos a nivel mundial. Es precisamente a estos eventos a los que los estudios prestan mayor atención, debido a su arraigo y a su importancia económica. Sin embargo, al analizar el deporte resulta necesario identificar los elementos cotidianos de la sociedad en general, pues es ahí donde las personas asumen el gusto por la actividad deportiva, lo que, a su vez, genera un mayor consumo de esta.

Dentro del capitalismo, la espacialización de la cotidianidad según sus intereses resulta fundamental, especialmente en el ámbito del consumo. Harvey[20], siguiendo a Marx, señala que en las ciencias sociales se ha buscado construir un “conocimiento crítico de la vida cotidiana”, lo cual implica realizar lecturas profundamente críticas de lo que existe en la sociedad. En este sentido, se vuelve necesario un análisis desde las metodologías de la geografía histórica, con el fin de alcanzar una comprensión profunda de aquello que, en apariencia, no ha sido considerado relevante. Por ejemplo, indagar en lo que hay detrás del éxito deportivo de un equipo o de una persona: los procesos que el deportista tuvo o tiene que atravesar para alcanzar dicho éxito.

Jesse Owens fue un atleta afroamericano que destacó en la primera mitad del siglo XX y alcanzó gran repercusión durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, celebrados bajo el régimen fascista alemán. Owens rompió las barreras que le impedían competir tanto en Estados Unidos como en Alemania. Se convirtió en uno de los protagonistas al ganar diversas competencias en el Estadio Olímpico de Berlín y, ante los ojos de cientos de simpatizantes del fascismo y del propio Hitler, obtuvo cuatro medallas de oro. Durante mucho tiempo, la narrativa común se centró en si el dirigente alemán lo felicitó o no, en si fue capaz de vencer a los máximos exponentes europeos o en si su historia representaba un ejemplo de éxito surgido desde abajo hasta alcanzar la gloria.

La historia de Owens fue narrada por varios historiadores del deporte y dio lugar a películas, documentales y libros, como The Jessy Owens Story, escrito en colaboración con Paul G. Neimark[21]. El texto se publicó en 1970, mientras que la película fue exhibida por primera vez en 1984. En esta y en otras narraciones, la figura de Owens adquirió mayor relevancia durante la Segunda Guerra Mundial y en los años posteriores. Sin embargo, lo que en ese momento se cuestionó muy poco fue el racismo al que Owens estuvo sometido dentro de Estados Unidos. Sus triunfos fueron expuestos como símbolo de identidad y utilizados para reforzar un pensamiento acorde con el sistema económico. El reconocimiento hacia el atleta comenzó, al menos, hasta la década de 1970, es decir, cuarenta años después de sus victorias, cuando fue incorporado al Salón de la Fama de su país. En 1990, tras su muerte, su nombre fue inscrito en el Congreso estadounidense. Así, su vida, en realidad, estuvo lejos de cambiar o mejorar después de la competición en Berlín.

Otro caso es el de Michael Jordan, considerado por los especialistas como el mejor basquetbolista de la historia. Afroamericano y ganador de seis campeonatos de la NBA, ha sido (y sigue siendo) el emblema de la liga y la cara visible del baloncesto, a pesar de haberse retirado en 2003. Si se revisan las fuentes, en especial el documental El último baile[22] disponible en la plataforma Netflix, el jugador menciona que, al igual que Owens, fue invitado a pronunciarse contra el racismo en Estados Unidos. Sin embargo, siempre rechazó esa posibilidad al considerar que no era parte del problema y que su carrera debía mantenerse alejada del plano político. Su falta de activismo provocó que se ganara cierta animadversión por parte de algunas organizaciones sociales.

Se podría hablar de un blanqueamiento del pensamiento, ya que hoy en día Owens es reconocido por sus éxitos deportivos, aunque su gloria nunca se vio amenazada por cuestionar o intentar alterar las estructuras raciales dentro de su propio país. Jesse nunca fue vinculado con alguna lucha antirracista; por el contrario, su historia ha sido narrada desde el imaginario romántico que promueve el capitalismo: mostrar que, pese a todas las adversidades, si una persona se lo propone puede salir adelante, y que, sin importar cuántos impedimentos imponga la vida, siempre es posible alcanzar el éxito mediante la preparación y el trabajo.

Esto dista mucho de lo ocurrido con otros atletas que han cuestionado el sistema racial o las injusticias en Estados Unidos. Un ejemplo es el mariscal de campo de los 49ers de San Francisco, Colin Kaepernick, de la liga de futbol americano, quien protestó contra las detenciones ilegales en ese país, manifestando su inconformidad al arrodillarse mientras se entonaba el himno nacional. El jugador nunca volvió a formar parte de ningún equipo y sus éxitos, aunque en ese momento escasos, han sido prácticamente invisibilizados.

Esto se debe a que el deporte, dentro de la vida cotidiana del capitalismo, es esencial: impregna a la sociedad con formas de comportamiento, ideales e imaginarios colectivos. Estos buscan mostrar a personas que han alcanzado el éxito y que han generado fama y vidas envidiables a partir de un comportamiento acorde con las estructuras del sistema económico. La importancia de que estas vidas e historias de éxito sean narradas dentro de este sistema es señalada por Harvey, quien menciona que:

“casi todo lo que ahora comemos y bebemos, vestimos y usamos, escuchamos y oímos, observamos y aprendemos, viene en forma de mercancías y está configurado por las divisiones del trabajo, por la búsqueda de nichos de producción y por la evolución general de discursos e ideologías que encarnan conceptos del capitalismo”[23].

Es decir, es en la vida cotidiana donde se reproducen aquellas historias que permiten al capitalismo generar espacios a su imagen y semejanza. Para que el espacio del capital se produzca y funcione, ha sido necesario que la vida cotidiana quede totalmente inserta en este proceso. De nuevo, Harvey[24] argumenta que la generación de elementos afectivos, capaces de legitimar acciones o discursos, se da precisamente en la vida cotidiana. Por ello, las historias de Owens deben analizarse desde múltiples perspectivas: comprender por qué solo se difundió una parte de su historia y cómo la parte que permaneció oculta ha ido volviéndose visible poco a poco. Es indispensable entender el momento histórico en que se produce el evento y aquel en que se va narrando la propia historia.

Si bien, como se ha mencionado, el capitalismo se reproduce al generar espacios cotidianos, resulta necesario, desde el ámbito académico especializado en ciencias sociales, analizar también la otra perspectiva: las repercusiones que la vida cotidiana experimenta a partir de lo que se ha configurado dentro del capitalismo. El deporte, en tanto práctica funcional al capital, produce identidades, reconocimientos e historias de éxito, pero también genera individualidades, frustraciones, enconos sociales y una necesidad de victoria y de reconocimiento frente al otro.

El deporte profesional se convierte, para un amplio sector de la población, en un estilo de vida y en uno de los aspectos más importante de su cotidianidad. Si el equipo con el que se identifica un barrio gana o pierde, ello puede contribuir tanto a mejorar el estado de ánimo como a generar sentimientos de frustración que, en algunos casos, pueden derivar en conductas violentas o incluso en acciones vengativas contra “el otro” o dentro de los mismos círculos locales.

Como se ha mencionado, el papel del deporte en el capitalismo se ha transformado. Si bien hoy en día la generación de identidad sigue siendo relevante, el objetivo fundamental es obtener ganancias. Por ello, se ha buscado que los deportes sean cada vez más vistosos y con mayores atractivos, convirtiéndose en un espectáculo comercial en el que se venden camisetas, recuerdos y souvenirs, pero también el imaginario de “ser parte de algo”, aunque para acceder a ello se requiera un nivel adquisitivo elevado. Estas mismas características han encarecido el acceso al consumo deportivo, ya que la construcción de estadios o la posibilidad de vivir una experiencia deportiva han incrementado los costos. Al mismo tiempo, amplios sectores sociales quedan excluidos de estos eventos.

Algunas escenas de este tipo se observaron durante el Mundial de Futbol de Brasil 2014. Junto a los grandes estadios altamente modernos que se edificaron para el evento, las favelas fueron los entornos urbanos que más sufrieron. En algunos casos, la población fue expulsada de sus viviendas en beneficio de las urbanizaciones deportivas; en otros, se les impedía salir o ser vistos fuera de su lugar de residencia, o incluso fueron expuestos como parte de un “atractivo” turístico de ciertas ciudades brasileñas. La vida cotidiana de estas comunidades se vio alterada y afectada. Paradójicamente, muchos habitantes de las favelas habían apoyado la realización del Mundial en sus ciudades. Esto refleja lo que ocurre cuando se producen espacios acordes con la lógica del capitalismo.

Si bien las metodologías y los conceptos clave de la geografía histórica se han transformado, en este caso pueden analizarse tanto desde sus perspectivas clásicas como actuales. La primera geografía histórica buscaba identificar al agente de cambio, que en este caso es precisamente el sistema capitalista, pues en él se modificó la práctica deportiva y se ha alterado la vida cotidiana de numerosas personas en beneficio de que los resultados se mantengan dentro del propio sistema. Dicho de otra manera, es el sistema capitalista el que genera nuevas y diversas realidades en las que la construcción cultural no cuestiona los mecanismos ni las consecuencias que produce, sino que busca que la sociedad lo acepte sin objeciones o lo perciba como inevitable.

3. EL COMUNISMO Y EL DEPORTE

Durante la Guerra Fría, y aún en la actualidad, el deporte desempeñó un papel trascendental en los países con sistemas comunistas o socialistas. Les brindó la posibilidad de difundir una ideología y un estilo de vida tanto dentro como fuera de sus fronteras. Además, permitió establecer objetivos claros para su población en cuanto a conductas e ideales. La geografía histórica, como se mencionó al inicio, al ser una ciencia de procesos, posibilita identificar el momento en que esto comenzó y comprender los cambios que el deporte ha significado para los países con este sistema económico.

En el comunismo, la opción deportiva, al menos en sus inicios, fue radicalmente diferente. En la teoría se rechazaba por completo la práctica deportiva, por considerarse tendiente a la competencia y a la demostración de superioridad. Por el contrario, se promovía la necesidad de desarrollar actividades físicas o recreativas orientadas a lograr un desarrollo óptimo de la persona, en el que se fomentaran todas las habilidades humanas. Sin embargo, esta perspectiva cambió por completo con la llegada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y, aún más, durante la Guerra Fría.

La Guerra Fría también se vivió en el ámbito deportivo y se convirtió, para los países comunistas, en una forma de mostrarse ante el mundo occidental, evidenciando el éxito de su sistema al demostrar que eran capaces de competir y vencer a sus máximos rivales ideológicos. Aunque la realidad mostraba que la preparación de los atletas comunistas era rigurosa desde edades tempranas, el discurso oficial sostenía que la competitividad se alcanzaba gracias al desarrollo emocional e intelectual, así como al compromiso de sentir y defender los ideales.

Para Baumann[25], los clubes en general, y los deportivos en particular, desempeñaban un papel fundamental en la consolidación de una ideología y en la conformación de una realidad en la sociedad soviética, ya que gozaban de gran prestigio en la nación. El autor señala que parte de la tradición deportiva en la URSS se desarrolló gracias a su vínculo con la formación de una fuerza militar, pues al conjuntar las actividades atléticas con los aspectos de las fuerzas armadas se dotaba a la población de una férrea disciplina y prestigio. La diferencia radicaba en que el deporte se trasladaba a las calles y a la vida cotidiana, lo que lo hacía fácilmente replicable. En especial, Baumann lo explica a partir de la relación que existió entre el hockey, el ejército y el esfuerzo por generar y mantener una ideología.

A su vez, Juan Soares[26] explica que el deporte, y en especial el hockey, ofreció a la sociedad soviética la oportunidad de identificarse y de difundir, en cierta medida, ideales rusos, ya que este fue uno de los primeros deportes en promoverse con el objetivo de generar apego y tradición. Soares[27] va más allá, al otorgarle al hockey una cualidad geopolítica durante la Guerra Fría, particularmente al referirse a la situación de Checoslovaquia y su representación nacional en este deporte. En los Juegos Olímpicos de Invierno de 1948, dicho equipo surgió y compitió en medio de las dificultades y disputas políticas que atravesaba el país en ese momento. Controlar a esa selección podría significar ejercer influencia en diversos círculos sociales, lo que generó disputas entre grupos comunistas y proestadounidenses. Aunque el equipo fue campeón en ese evento, con el triunfo del comunismo ese logro fue borrado, al igual que el recuerdo del equipo que años después sufrió un accidente aéreo. En consecuencia, se conformó una nueva selección integrada por jugadores identificados con el régimen soviético.

El hockey fue uno de los deportes más populares en la antigua Unión Soviética y continúa siéndolo en varios de los países que hoy son independientes. De ahí que los regímenes comunistas pusieran especial énfasis en este deporte por encima de otros. En la actualidad existen diversas películas que narran el manejo que el sistema daba al deporte; por ejemplo, Red Army[28], dirigida por Polsky en 2014, que relataba la historia del equipo de hockey convertido en uno de los referentes del régimen. En esta película también se muestra la experiencia de los deportistas soviéticos que llegaron a jugar en Estados Unidos y se cuestionan los métodos de entrenamiento aplicados en el comunismo. Sin embargo, se cuestiona poco la metodología estadounidense, que no difería demasiado de la de otros países, ya que ambos perseguían los mismos objetivos. El filme fue realizado en colaboración entre estadounidenses y rusos, en una época posterior a la caída del bloque socialista, lo que permite entender que se buscaba cuestionar los modelos de entrenamiento y reclutamiento en un sistema económico, mas no como elementos sistémicos del propio deporte. Así, el imaginario que se conforma en la sociedad en general es que en un sistema “siempre fueron malos” y en el otro no.

Rodríguez y Molkova[29] coinciden en que los deportes fueron parte fundamental de la Guerra Fría, aunque destacan especialmente el papel de los Juegos Olímpicos, los cuales, según su apreciación, fueron desvirtuados al convertirse en un escenario de competencia ideológica, cultural, política y económica. Como se ha mencionado, estas características han estado presentes de distintas maneras en los deportes dentro del sistema capitalista. Sin embargo, en las primeras ediciones olímpicas no se evidenciaban de forma tan marcada, ya que quienes competían eran en su mayoría personas pertenecientes a élites sociales. Esto generaba la impresión de cierta homogeneización en los procesos deportivos, lo que facilitaba la difusión de ideales como la cooperación, la solidaridad y el juego limpio. Donde sí se aprecia una transformación en el accionar deportivo es bajo el sistema comunista, que adoptó las características propias del capitalismo en relación con el deporte, es decir, la competitividad y la búsqueda del triunfo.

Los boicots entre el comunismo y el capitalismo fueron constantes durante la Guerra Fría. Uno de los primeros se dio en el hockey: Soares[30] menciona que, en el Mundial de 1957, celebrado en la URSS, algunas naciones, como Canadá y Estados Unidos, no asistieron como represalia ante la invasión soviética a Hungría un año antes. Este ejemplo evidencia que el deporte tenía una importancia fundamental en la vida cotidiana, lo que lo convertía en un objetivo legítimo de los gobiernos para influir en la población y lograr que esta respondiera a sus mismos impulsos. En el caso de la URSS, también se observa cómo las historias individuales eran explotadas para conformar narrativas de éxito dentro de sus fronteras.

Era tal la importancia de los deportes que la figura del boicot, como se mencionó anteriormente, también se utilizó para socavar el ánimo y el interés de la población local durante la Guerra Fría. Así, los Juegos Olímpicos de Verano de Moscú 1980, fueron boicoteados por Estados Unidos y sus aliados, bajo el pretexto de la invasión soviética a Afganistán unos años antes. Esto restó relevancia no solo al evento, sino también a la ciudad y a la difusión de ideas que el gobierno soviético buscaba promover mediante la competencia. Posteriormente, en 1984, se celebraron los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, Estos Unidos, a lo que la URSS respondió con un boicot, esta vez con el argumento de que sus atletas no serían protegidos adecuadamente y podrían sufrir acoso ideológico o físico en territorio estadounidense.

De manera paradójica, el boicot comunista a los Juegos Olímpico de Los Ángeles provocó un cambio significativo. Para mantener la atracción del evento pese a la ausencia de la URSS y sus aliados, lo que se generó fue la “capitalización” de la competencia. A partir de entonces, se modificaron los patrocinadores, los reglamentos comenzaron a permitir la participación de atletas profesionales y se incorporaron disciplinas capaces de atraer a un público más amplio, junto con nuevas dinámicas en las transmisiones y en la gestión de derechos.

Por otra parte, el futbol en la antigua URSS constituye también una vía significativa para analizar el deporte en ese país y su proyección en la actualidad. Montero y Celis[31] señalan que hoy la mayoría de los equipos en Rusia cuentan con aficiones o identidades de corte neofascista, resultado del proceso de implantación ideológica durante la época comunista. En aquel entonces, todas las escuadras estaban vinculadas a las fuerzas armadas o de vigilancia, lo que permitía difundir mensajes de comportamiento y de concertación de ideas. Con la caída del bloque socialista, gran parte de la sociedad comenzó a identificar a los equipos de futbol como parte del aparato ideológico y buscó modificar precisamente esa identidad, algo que, al menos en el interior de Rusia se logró en cierta medida.

Quizá uno de los países donde más se aprecia la transformación de la vida cotidiana a partir del deporte sea Cuba, cuya revolución socialista modificó cada sector de la vida de la población en la isla. El deporte en el socialismo cubano incorporó todos los elementos que se han mencionado. En un primer momento, se rechazó el deporte competitivo característico del capitalismo y se promovió como parte de la transformación humana, en la que la persona pudiera desarrollar todas sus habilidades físicas y mentales, considerando al deporte como la mejor vía para alcanzar dichos objetivos. Esto implicó que, como parte de la transformación del sistema educativo, las actividades atléticas fueran esenciales desde los niveles básicos.

Además, se rechazaba el profesionalismo en el deporte, que ya para la década de 1960 existía en gran parte del mundo, especialmente en Estados Unidos y en los países bajo su influencia. En Cuba, el profesionalismo deportivo se concebía como una forma de división social que otorgaba privilegios a unos pocos y alteraba los principios éticos del deporte. Por lo tanto, al igual que en todos los países comunistas, se prohibió la existencia de atletas profesionales. Casi al mismo tiempo, dentro de la isla se fomentaba un sentimiento antiestadounidense, impulsado principalmente a través de los deportes, en especial del beisbol, que era, y sigue siendo, el deporte más popular del país. Esto resultaba aún más icónico, dado que durante la Guerra Fría el deporte más popular en Estados Unidos era precisamente el beisbol.

Al eliminar el profesionalismo oficial, todos los beisbolistas cubanos fueron considerados de nivel aficionado, lo que consolidó aún más un imaginario colectivo. En la sociedad se estableció un discurso que permeaba con facilidad: quienes competían con la bandera cubana en el uniforme lo hacían por amor a la patria, al juego y en representación de todos sus connacionales, mientras que los estadounidenses lo hacían por el deseo de ganar y por la búsqueda de beneficios económicos. Si el triunfo provenía del lado caribeño, el relato era que el pequeño había vencido al gigante, que se le había derrotado en su propio terreno y a pesar de su poder económico. Así, si un grupo de ciudadanos podía doblegar al imperio, todas las personas, en su vida cotidiana, también podrían hacerlo. Parte de ese imaginario se recoge en los libros Leyendas del béisbol cubano[32] e Historias del baseball cubano[33], donde se habla del honor y el orgullo de jugar en los principales equipos del país, de cómo la afición celebraba aquellas hazañas y del coraje y esfuerzo que cada jugador entregaba para alcanzar sus objetivos.

Al analizar las fuentes, como el texto mencionado, y viéndolo como un proceso, se puede comprender que hoy en día, fuera del país y dentro de gran parte de la sociedad, se cuestiona todo lo que el gobierno cubano produce. En ese contexto, los equipos de beisbol, y en general las selecciones nacionales, son rechazados por ser considerados como una de las principales formas de representación del sistema socialista en Cuba. Esto ha provocado que exista una gran cantidad de deportistas que se niegan a representar a su país o que no encuentran ningún estímulo para hacerlo.

Eso no siempre fue así, pues hasta la década de 1990 diversos beisbolistas creían firmemente que el mayor honor y logro de sus vidas era poder jugar con la selección cubana. Muchos incluso rechazaron ofertas para participar en el beisbol estadounidense, ya que ello significaba, en primer lugar, desertar de su país; en segundo, dejar a su familia; y, por último, renunciar a representar a su nación en torneos internacionales. Por ello afirmaban que preferían tener la posibilidad de jugar una sola vez para Cuba antes que recibir grandes sumas de dinero. Hoy en día, este sentimiento es completamente opuesto, en parte porque los salarios de las ligas profesionales en el resto del mundo, y especialmente en Estados Unidos, son sumamente alto, y también porque la lucha ideológica ha perdido fuerza en la isla.

El beisbol en Cuba ha enfrentado una evidente decadencia en los últimos quince años. Esto se debe a varias causas: la carencia de tecnología, que mientras avanza en casi todo el mundo, en el país caribeño sigue siendo prácticamente inexistente; la introducción de otros deportes, en especial el futbol, que ha ido ganando espacio en el imaginario colectivo; y, sobre todo, la migración general de la población, particularmente de los peloteros. Se cree que al emigrar a otros países pueden alcanzar un mejor nivel de vida, incluso jugando en ligas locales o no profesionales. Además, no solo han migrado jugadores, sino también visores, entrenadores y científicos del deporte, lo que dificulta aún más el desarrollo del beisbol en la isla.

De nueva cuenta, las fuentes ofrecen un análisis de ida y vuelta en torno a la cuestión deportiva. Se observa que los espacios que antes fueron de generación ideológica hoy ya no lo son, o bien se han convertido en formas de resistencia del contrapoder. En Estados Unidos existe un grupo de deportistas que se autodenominan exiliados y que buscan ser reconocidos por las federaciones internacionales como representantes legales del beisbol cubano, con el objetivo de restarle legitimidad al gobierno. Esto hecho resulta icónico, pues se recurre al mismo medio que en su momento se utilizó para generar identidad y consolidad un sistema, pero ahora con la finalidad de atentar contra él.

La geografía histórica permite, por lo tanto, tener una visión en tiempo y espacio. Tal como señala Buitrago[34], los símbolos construidos, los elementos artísticos o las experiencias de vida, como en este caso el béisbol, o en el caso soviético el hockey, permiten identificar las configuraciones y transformaciones históricas del espacio.

El deporte, por lo tanto, desempeñó un papel fundamental en la implantación y difusión de este sistema socioeconómico. Al igual que en el capitalismo, la asimilación de las actividades deportivas en la vida cotidiana era un objetivo necesario para garantizar el éxito del sistema. Harvey[35], siguiendo a Lefebvre, menciona que el socialismo, al igual que otros sistemas, requiere de la transformación de la vida cotidiana.

4. EL FASCISMO EN EL DEPORTE

Por su parte, en los tres países que desarrollaron el fascismo, el uso que se dio al deporte no fue tan distinto al de los otros sistemas. De hecho, los países fascistas perseguían precisamente los lineamientos que dieron origen al deporte organizado: mostrar superioridad física y moral, además de utilizarlo como medio de propaganda para difundir la fortaleza del sistema socioeconómico que representaban.

El deporte fue una herramienta sumamente eficaz para implantar el pensamiento fascista dentro de sus fronteras, ya que con él ganaba popularidad y se difundían los lineamientos que se pretendía imponer. Sin embargo, el objetivo principal era proyectar fuerza y superioridad más allá de los límites territoriales. Por ello, Japón, Italia y Alemania organizaron diversos eventos deportivos durante la década de 1930. Entre ellos destacan: el Mundial de Futbol en Italia (1934); los Juegos Olímpicos de Berlín (1936); los Juegos Olímpicos de Invierno, en Garmisch-Partenkirchen, Alemania (1936). Además, se proyectaban los Juegos Olímpicos de Invierno de 1940 en Alemania o en Japón; los Juegos Olímpicos de Verano de 1940 en Japón; y el Mundial de Futbol de 1942, previsto para Alemania.

Esto se debía al potencial económico de esos países y a su necesidad de mostrarse ante el mundo como naciones poderosas, con una organización extremadamente sólida y capaces de vencer a todos sus enemigos. Según sus propios argumentos, poseían una superioridad racial que los hacía más rápidos, más fuertes y capacitados para todo tipo de actividad física. Ese discurso, al igual que en los dos casos anteriores, permeaba en el imaginario colectivo y contribuía a generar espacialidades acordes con el adoctrinamiento político impulsado por el fascismo. A diferencia de los orígenes del comunismo, el deporte en el fascismo tenía como premisa imperante la victoria, vinculando al sistema con el triunfo a cualquier costo.

Fue en Italia donde se “descubrió” el potencial del deporte para consolidar los objetivos del fascismo, y desde allí se extendió a otros países. Como señala Cristóbal Villalobos:

“el uso adoctrinador del deporte por parte de la Alemania nazi tuvo mayor extensión y eficacia, mientras que durante el franquismo tuvo mayor longevidad. Sin embargo, el caso italiano sirvió de modelo para ambas dictaduras, pues fue el primero en recuperar la noción clásica del deporte como herramienta política… El deporte, que empezaba a convertirse en un entretenimiento de masas, no tardó en ofrecer a los regímenes políticos una nueva dimensión: al igual que el cine y otros espectáculos de moda, se podía usar como soporte propagandístico”[36].

En la cita anterior se aprecia que el deporte se coloca al nivel de otros elementos de entretenimiento que han servido para generar ideologías o formas de comportamiento. Lo que distingue a la actividad deportiva es que el resultado nunca está asegurado: el desenlace es impredecible y, al alcanzarse el esperado, produce una efusividad mayor. Asimismo, la figura de la competencia posibilita triunfar sobre el enemigo construido y demostrar una superioridad tangible y evidente. De este modo, la espacialidad que se generaba en aquellos países surgía de la construcción de una cotidianidad que, en todo momento, transmitía la idea de una sociedad superior, en la cual el deporte desempañaba un papel esencial.

Los deportes encuentran en la juventud a un público emotivo y dispuesto a absorber todos los mensajes que se transmiten en ese ámbito. Las actividades deportivas ofrecen a las personas más jóvenes la posibilidad de generar ídolos y figuras a seguir. Para los regímenes fascistas, la juventud constituía el grupo de mayor importancia, pues garantizaba la continuidad de los ideales que se buscaban implantar. El deporte y el fascismo conformaron una mancuerna que logró enraizarse en la juventud, lo que impulsó una mayor inversión en la generación y difusión de dichos mensajes.

La dinámica del futbol permite un mayor apasionamiento por parte de la afición, ya que, a diferencia de otros deportes, el balón nunca se detiene y durante los noventa minutos siempre existe la posibilidad de una anotación. Quizá por ello este deporte sea hoy el más popular del mundo y que haya sido el más utilizado por los regímenes fascistas para sus fines políticos. Italia recurrió a su selección nacional para difundir el sistema y generar “el más eficaz mecanismo de cohesión social, y gracias a sus triunfos se fomentó la identidad colectiva y se creó un poderoso sentimiento de pertenencia al proyecto totalitario”[37].

El objetivo de la Italia fascista se cumplió plenamente. De hecho, que la selección de futbol vistiera de azul tiene su origen en el reconocimiento a la familia real Saboya, cuyos descendientes colaboraron con Benito Mussolini. El mote de “squadra azzurra” se explotó intensamente en ese mismo periodo y hoy continúa siendo el apelativo con el que se conoce al equipo. La popularidad creció al coronarse campeona en los mundiales de 1934 y 1938. La mejor promoción, por lo tanto, fue el campeonato, que otorgó mayor visibilidad al dictador italiano y lo colocó en el centro de la atención mundial, mientras la sociedad asumía que el camino por el que Mussolini conducía al país era el correcto.

Para reforzar la propaganda del régimen italiano, se produjeron noticieros en los que se difundían historias de deportistas. Carlota Coronado[38] explica que, en la década de 1930, el régimen realizaba esfuerzos para generar y consolidar la imagen pública de las personas. En el caso de las mujeres, dicha imagen debía ajustarse a los lineamientos fascistas. Si bien se difundían imágenes y noticias de las féminas en distintos ámbitos de la vida, las deportistas tenían un rol específico: consolidarse como el modelo de mujer ideal, tanto en el aspecto físico como en el comportamiento.

El ideal de Mussolini era:

“acabar con la influencia de modelos femeninos perniciosos para la mujer: aquellos que les desviaran de su función natural, así se debían contrarrestar tanto los viejos modelos —de la mujer romántica y sentimental—, como los más modernos —que procedían de América—. Según el discurso oficial, estos modelos tenían que ser sustituidos por el de una mujer práctica, activa que ama el ejercicio físico y desprecia el ocio… para esta mujer la educación deportiva es un factor esencial e indispensable”[39].

La misma Carlota Coronado[40] continúa señalando que el deporte era fundamental como expresión sociocultural, pues representaba los rasgos culturales y los rituales que la sociedad asumía. Tampoco se desligaba a la mujer de sus “tradiciones” impuestas, como la maternidad y la educación, de modo que las actividades atléticas le permitían mantenerse sana para garantizar una buena nutrición del infante y convertirse en un ejemplo viable. El cuerpo femenino era también una espacialidad que se buscaba modificar según los estándares del sistema, ya que “se consideraba como una máquina moderna de reproducción social: la única función que se le puede atribuir es la de mejorar el físico de generaciones futuras, en especial, de los soldados”[41].

Este era el elemento fundamental para cumplir con los deberes que la patria exigía. En su momento, estas características podían pasar inadvertidas o ser consideradas “comunes”, pero al analizarlas desde la perspectiva de la producción social del espacio se comprende que el objetivo era generar una espacialidad en beneficio del régimen que, a la postre, como ya se ha mencionado, también contribuyó a que esos mismos espacios se convirtieran en focos de resistencia o rechazo.

Este ejemplo permite apreciar claramente cómo las actividades deportivas se integraban en la vida cotidiana. También permite identificar los estereotipos de belleza y comportamiento presentes en el régimen fascista, así como reconocer el esfuerzo realizado por modificar los estándares físicos y morales históricos que, en aquel momento en Italia, se consideraba habían sido impuestos por encima de lo que la sociedad debía representar.

Una situación similar ocurrió en España bajo Francisco Franco. Sin embargo, debido al bajo nivel que tenía la selección de futbol española, el generalísimo recurrió a la popularidad del equipo Real Madrid. Este, sin proponérselo ni tenerlo como objetivo, representaba valores afines a los que Franco difundía. La exaltación de valores religiosos, el vínculo con la familia real española y la idea de una superioridad de la sociedad española sobre otras regiones del país fueron elementos que Franco adoptó y aprovechó en su discurso.

Al analizar las fuentes y la relación de los eventos, resulta evidente que Franco se sirvió del equipo de futbol para popularizarse, aunque no está del todo claro si el Real Madrid colaboró de manera intencional con el dictador. En el imaginario colectivo, esta relación estuvo, al menos durante mucho tiempo, fuera de cualquier debate, pues el vínculo entre equipo y gobierno era evidente tanto dentro como fuera de España. La organización social se sustentaba en esa relación, y los espacios de contrapoder se generaron con la figura del Real Madrid como protagonista. Según los relatos, los estadios donde jugaba el equipo blanco eran también escenarios de protestas contra el régimen e incluso contra la monarquía. De este modo, los recintos deportivos se convertían en espacialidades donde se manifestaban elementos culturales, políticos y económicos.

Dentro de las dictaduras militares en América, durante la segunda mitad del siglo XX, el futbol fue esencial en aquellos países que más se aproximaron al fascismo. Si bien puede existir un debate académico y epistemológico acerca de si esos gobiernos fueron fascistas o no, la mayoría de los especialistas coincidían en que presentaban rasgos específicos que permitían denominarlos de esa manera, al menos en una dimensión histórica. No obstante, también debe considerarse que forman parte de Estados capitalistas con características propias, como la generación de terror inherente a dicho sistema[42].

En particular, las dictaduras en Chile y Argentina pueden denominarse formas fascistas, y fueron estas las que utilizaron el deporte, en especial el futbol, como una herramienta esencial para extender su dominio. Gloria de los Ángeles Zarza Rondón sostiene que el futbol fue útil durante la época del “Plan Cóndor”, ya que “se reutilizó como uno de los medios más eficaces para distraer a buena parte de la sociedad. Enmascarar, encubrir, contener y también legitimar la acción de estos regímenes militares se convirtió en el cometido principal de este deporte”[43].

En el caso de Augusto Pinochet en Chile, el futbol le sirvió como herramienta de propaganda política y de control social. En especial, el equipo Colo Colo, al ser uno de los más populares, fue utilizado junto con la selección nacional chilena para proyectar una imagen favorable al gobierno y distraer la atención de lo que realmente estaba ocurriendo. El Estadio Nacional se había convertido en sede de actos represivos posteriores al golpe de Estado de 1973, razón por la cual la selección de la URSS se negó a disputar allí un partido previamente pactado contra su similar chileno[44].

En Argentina se organizó un mundial en 1978, el cual, hasta el día de hoy, ha sido objeto de acusaciones de que la dictatura de Jorge Rafael Videla influyó directamente en el resultado para que la selección local ganara la justa mundialista. La organización del torneo le permitió a Videla proyectar una imagen de poder hacia el interior del país y, con el campeonato, esa imagen de fortaleza se acrecentó, mientras las formas represivas parecían quedar en un segundo plano[45].

CONCLUSIÓN

Los deportes que fueron despreciados por la academia durante varias décadas han sido, en realidad, uno de los elementos que más han contribuido a la producción de espacios. Estos se concretan a partir de actividades culturales, económicas y políticas, de modo que el control del deporte implica también el control del espacio.

La geografía histórica permite a la academia adentrarse en diversos aspectos del pasado, relacionando tiempo y espacio. Analiza los procesos históricos mediante los elementos teóricos y metodológicos disponibles en la actualidad, lo que posibilita identificar la importancia cultural o política de eventos o actividades que, en su momento, pasaron inadvertidos o fueron considerados irrelevantes.

La revisión de la historia no se centra únicamente en el evento, sino que busca visibilizar las consecuencias no evidentes o aquellas que trascendieron más allá del hecho analizado en el tiempo y el espacio. Por lo tanto, la geografía histórica contemporánea brinda la posibilidad de abordar una mayor diversidad de temas susceptibles de análisis desde distintas vertientes. El deporte, en consecuencia, constituye uno de esos temas que pueden estudiarse desde esta perspectiva.

Se ha señalado que los deportes tenían orígenes distintos y lineamientos propios en cada sistema socioeconómico. Sin embargo, en los tres sistemas mencionados se utilizaba el deporte con la intención de generar cotidianidades, ejercer influencia ideológica o cultural en la población y, de ese modo, perpetuarse y visibilizarse como el sistema que ofrecía los mejores resultados en todos los aspectos de la vida. Al ser el capitalismo el sistema vigente, la relación con el deporte ha resultado más compleja, aunque continúa produciendo ciertas repercusiones concretas y otras de carácter imaginario.

El Real Madrid sigue siendo percibido por un amplio sector del público como el equipo del régimen franquista, razón por la cual se considera que siempre ha sido beneficiado. Por su parte, los equipos del este de Europa mantienen una perspectiva asociada al comunismo, aunque en la actualidad la mayoría de los clubes y aficiones se identifica con ideologías de ultraderecha que desprecian, por encima de todo, la ideología comunista. En Cuba, el beisbol es visto, aun con la debacle en el nivel competitivo, como uno de los principales difusores de las ideas del gobierno socialista.

La sociedad, a través de sus cotidianidades, genera las espacialidades en las que el deporte ocupa un lugar central, ya sea como expresión del poder establecido o como forma de rechazo y resistencia frente a ese mismo poder. La geografía histórica posibilita un constante ir y venir entre diversas fuentes y épocas específicas, con el propósito de alcanzar una visión más totalizadora.

Por último, se constata que la hipótesis ha sido corroborada, ya que la geografía histórica ha permitido espacializar el pasado, identificar momentos de ruptura o de cambio y analizar la vida cotidiana como una realidad compleja, resultado de la interacción de múltiples elementos. Asimismo, ha posibilitado identificar los objetivos de los distintos sistemas al implantar los deportes en el imaginario colectivo.

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Las opiniones, análisis y conclusiones del autor son de su responsabilidad y no necesariamente reflejan el pensamiento de Revista Inclusiones.


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